Mi inclinación hacia la fotografía fue natural, sin racionalización. Sin darme cuenta, con cada imagen me fui conociendo a mí misma. Las imágenes me revelaron las huellas de mi pasado, del desasosiego vivido. Decidí, entonces, ser fiel a mi mensaje, independientemente de la estética.
Realicé retratos, fotografías de paisajes, y una serie de still life que captura la descomposición orgánica. Este proceso evoca aquello que no muere, sino que se regenera en otras posibilidades de vida. Comencé a apreciar una estética del desuso, donde la rotura, la suciedad y la vejez cobraron un lugar central, ya no marginal.
En un gesto de experimentación, me encontré con los trapos, el elemento principal de mi obra actual, Tiempo después. Exploro su capacidad simbólica al interactuar con la intemperie: concibo a los trapos como metáforas del abandono, y a la intemperie como un concepto adaptable a toda etapa y ámbito de la vida.